–Con la venia de Su Majestad –dijo el Valet–, yo no he escrito este papel, y nadie puede probar que lo haya hecho, porque no hay ninguna firma al final del escrito.
–Si no lo has firmado –dijo el Rey–, eso no hace más que agravar tu culpa. Lo tienes que haber escrito con mala intención, o de lo contrario habrías firmado con tu nombre como cualquier persona honrada.
Un unánime aplauso siguió a estas palabras: en realidad, era la primera cosa sensata que el Rey había dicho en todo el día.
–Esto prueba su culpabilidad, naturalmente –exclamó la Reina–. Por lo tanto, que le corten…
–¡Esto no prueba nada de nada! –protestó Alicia–. ¡Si ni siquiera sabemos lo que hay escrito en el papel!
–Léelo –ordenó el Rey al Conejo Blanco.
El Conejo Blanco se puso las gafas. –¡Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad? –preguntó.
–Empieza por el principio –dijo el Rey con gravedad– y sigue hasta llegar al final; allí te paras.





